Por Juan Desordenado
¿Te acuerdas de la primera vez que escuchaste Blackstar? Sí, fue al día siguiente de que saliera, el 9 de enero. Recuerdo que estaba con una expareja e hicimos todo el ritual respectivo para recibir un nuevo disco de David Bowie a la llegada de la noche. Ya habían ciertos elementos del disco que me llamaban la atención, como su portada, donde por primera vez en su carrera no estaba su rostro, reemplazado en esta ocasión por una estrella negra, lo que capté como un gesto muy inusual. Al mismo tiempo, el camino musical que estaba emprendiendo en ese momento ya me había atrapado. Si bien ya contaba The Next Day como un poderoso retorno a la forma, la primera versión de “Sue (Or In A Season of Crime)” me parecía otra cosa, un ingreso desconcertante en aguas profundas e insondables. La salida de los videoclips de “Blackstar”, trayéndonos trágicas noticias del Mayor Tom, desaparecido desde “Ashes to Ashes”, y del de “Lazarus”, donde aparece con el mismo traje que ocupaba para la época de Station to Station, me hacían intuir que irrumpiría el Bowie más mágico y arriesgado. El saxofón, primer instrumento que aprendió a tocar en su vida, volvía a estar en primer plano, trabajando además con unos jazzeros alucinantes para crear una música que suena a jazz, a rock, y a nada de eso a la vez. Recuerdo esa primera escucha fascinado y completamente absorbido con lo que sonaba, hasta el arribo del melancólico final con “I Can’t Give Everything Away” y su emocionante guiño a “A New Career in a New Town”, de Low, una de mis canciones favoritas absolutas de su mejor disco. Al llegar al final quedé con esa sensación que se tiene al escuchar un álbum esencial, “top cinco seguro” exclamé, sin dudarlo. Al día siguiente lo entendí todo con la noticia de su muerte, Blackstar era efectivamente su canto del cisne.
Trato de pensar en el momento en que conocí a Bowie. Se me vienen dos recuerdos distintos, probablemente paralelos. Cuando tenía unos doce años vivía pegado a los canales de música. Recuerdo ver en un trasnoche el videoclip de “Space Oddity” y quedar alucinado con toda esa imaginería sacada de otro lugar. Es la época en la que había visto La Naranja Mecánica y 2001: Odisea del espacio y me parecía que el aspecto visual estaba en sintonía con ambas películas.
El otro recuerdo tiene que ver con la primera vez que escuché “Life on Mars?”. La impresión que causó en mí perdura hasta el día de hoy. Bastan esos primeros acordes de piano para conjurar un universo mágico al que entraba sin entenderlo muy bien. Ese videoclip tan minimalista, de colores tan contrastados; si existen imágenes definitivas, esa es una de ellas: él ahí, como suspendido, cantando una balada espacial cuyo significado aún sigue siendo un misterio para mí.
Pero si tengo que elegir mi Bowie favorito es ese que estaba al borde del precipicio entre la vida y la muerte. Ese Bowie henchido de cocaína, encerrado en su departamento de San Francisco, viendo fantasmas imaginarios caer desde su ventana. El Bowie que quería ser presidente de Estados Unidos, o la siguiente venida de Hitler. El Bowie de Station to Station, absorbido en la cábala y los libros de Aleister Crowley, el Bowie que estaba seguro que Jimmy Page le estaba haciendo alguna clase de brujería. Por supuesto que extendería esa era a la de Low y Heroes, metido en el krautrock y el ambient, intentando sobrevivir en un territorio extraño con el inmortal Iggy Pop. Otro Bowie definitivo que no puedo dejar de mencionar es el que aparece como Philip Jeffries en Twin Peaks: Fuego camina conmigo, quebrando en su breve escena la película por la mitad. En la época en la que se emitió Twin Peaks: The Return estaba absolutamente convencido de que Bowie iba a aparecer en alguna escena, lo que sin duda respondía a una fe ciega en el poder mágico e irrepetible de seres como él y David Lynch.