El melómano invencible

El melómano invencible

por Juan Desordenado

Era el melómano invencible.

Terco. Podía y sabía ser más desagradable que la chucha y llamarle facho a todo el que pensara diferente a él. DJ experto en cambiar las canciones a los quince segundos, cuando lo conocí lo odié por eso. Después, cuando lo conocí realmente, supe que sería imposible odiarlo.

Era el melómano invencible. Hablando de Prince, de los Go-Betweens o de los maravillosos Talk Talk, siempre la dicha fue mía —the pleasure, the privilege was all mine— de poder compartir, debatir, soltar la lengua hablando de aquello que nos hervía el corazón.

Tu pasión era profundamente contagiosa, amigo.

Eras parte de esa cofradía de seres que lo daban todo por y para la música. Con tu partida es inevitable recordar también a los productores Hernán Angulo y Roberto Denegri, que, como tú, se fueron demasiado pronto.

 

 

Pablo Rosenzvaig Hernandez llegó a Chile en 1990. Aunque vivió acá por más de treinta años, permaneció siempre argentino hasta la médula. De Lanús, fanático de San Lorenzo y, por no tener estadio propio, hincha de la U (una razón demasiado Pablo para adherir a algo). Fan de Los Redondos, de Freud, de The Cure, Morrissey y, qué duda cabe, el fan número uno de Gregg Dulli y The Afghan Whigs.

Psicólogo clínico y publicista de profesión, era también un apasionado de las películas, los libros, la cocina y el fútbol. Pero Pablo respiraba amor por la música.

Su historia dentro de la escena alternativa chilena comenzó como habitué de Under Music, una extinta disquería ubicada en la Galería Interprovidencia, por donde pasaron también Marisol García, Aldo Benincasa, Ottavio Berbakow, Arturo Figueroa, Boris Orellana y Cristian Araya. Los últimos tres fundarían posteriormente Super 45.

Pablo fue colaborador en Extravaganza!, la mítica revista fundada por los hermanos Fernando y Francisco Mujica, compartiendo páginas con gente como Carla Arias. Cristian Araya, quien fuera su editor, recuerda que los textos de Pablo podían ser un dolor de cabeza: escribía artículos interminables cuando lo que se buscaba era sintetizar. Pero también vienen a su memoria los sentidos obituarios que dedicó a Jeff Buckley y, años después, para el blog de Super 45, a Elliott Smith. Su escritura estaba influida tanto por ese periodismo musical “de autor” que proponían publicaciones como Les Inrockuptibles, como por la escritura automática y las asociaciones libres freudianas.

 

 

Después vendrían Disorder Magazine, Paniko, LesHyperSounds y su cercanía con el equipo de POTQ, compartiendo con gente como Javiera Tapia, quien también dio sus primeros pasos en Extravaganza! Pablo escribió de música durante años, de manera incansable y en un montón de medios, también lo hizo con igual intensidad a través de sus redes sociales.

Otra faceta importante y duradera fue la de DJ. Comenzó el año 2000 poniendo música en el bar La Trova (posteriormente Noa Noa). En mayo de 2005, junto a Cristian Araya y Marcelo Buscaglia, empezaron las fiestas Dance to the Underground, primero con una amplificación precaria en el Club Radical, la sede central del Partido Radical. Después vendrían otras en Bar Loreto, Club La Berenjena y Cellar.

Más recientemente participó de las fiestas Killing Moon, junto a Mauricio Capitani y Macarena Silva. Con Macarena también hacían las Microdancing, donde tocaron proyectos como Nader Cabezas y Floresalegría.

Dicho esto, creo que el aporte más importante de Pablo a nuestro ecosistema fue su infinita generosidad.

Dedicó una cantidad enorme de tiempo y energía corriendo la voz, promocionando a músicos y proyectos en los que creía firmemente. Calostro, Cevladé, Las Mairinas, Paracaidistas, Casero y tantos otros recibieron, de una manera u otra, ese empuje suyo. Para muchos de nosotros, Pablo fue un apoyo real, una palabra de aliento para no bajar los brazos. 

 

 

Como amigo, si lo visitabas, era muy probable que te fueras con una bolsa llena de CDs prestados. Una vez me llamó por teléfono para decirme que no me preocupara más por el show de Nick Cave and the Bad Seeds, que él me invitaba porque era criminal que existiera la menor posibilidad de perdérmelos. Al final, la entrada me la regaló Horacio Ferro, porque por suerte uno tiene ángeles de amigos. Pero nunca olvidaré su gesto.

Tampoco voy a olvidar la copia en vinilo de Sign o' the Times que me regalaste, uno de mis álbumes favoritos de la vida. Fui a buscarla a tu casa. Tomamos, fumé pito y hablamos de todo. De todo lo que nos hacía mirar la vida con ojos inmensos. Mejor, compremos chocolates.

Cristian Araya cuenta una escena ilustrativa: una vez se lo encontró cerca del Drugstore y lo primero que Pablo dijo, antes siquiera de saludar, fue: “¿Viste que reeditaron el Santa Barbara de The High Llamas?”.

 

 

También está esa vez en que apareció en una nota en Las Últimas Noticias a propósito de que regalaba su colección de mil películas en VHS. Cuando le preguntaron por qué, respondió algo que graficaba su actitud desprendida, pese a ser un coleccionista notable:

“Prefiero que los tenga alguien que aprecie las películas, en vez de que estén juntando polvo”.

Y así era.

Los que nos quedamos acá nos refugiamos en los últimos mensajes de audio que nos enviaste, en los recuerdos que nos hacen sonreír, y en las canciones que habitaste con pasión inconmensurable.

Gracias eternas por creer en mí y en tantos otros.

Descansa amigo, y que viva la música.

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