por Juan Desordenado
Mi Andrómeda fue una de las tantas bandas que apareció en el panorama independiente nacional a comienzos de la década de 2010, época en que el paraíso pop imperaba, y al menos un lustro previo a la irrupción del mal llamado "pop de guitarras" y su sonido jangle pop cargado al chorus deudor de Mac DeMarco y los proyectos de Captured Tracks.
De manera silenciosa, e indiferentes a lo que pasaba a su alrededor, con numerosos cambios de formación, pero un núcleo inamovible formado por Vicente (compositor, cantante y guitarrista) y Carlos (guitarra), forjaron un corpus sólido y consistente: entre 2012 y 2019 publicaron catorce lanzamientos entre discos, EPs y singles. Un universo completo. Luego desaparecieron. Sin dejar rastro. O casi.
Tras varios intentos por contactarles, pudimos establecer comunicación con Carlos, vía videollamada, quien está radicado en Japón desde hace un año junto a su pareja. A él va mi sincero agradecimiento: su testimonio es basal para poder contar de manera adecuada la historia de Mi Andrómeda.
La mayor parte de su historia transcurre en Melipilla, lejos del circuito capitalino y de cualquier noción demasiado “profesional” sobre cómo debía funcionar una banda. Vicente y Carlos se conocieron en 2007 en el colegio Alonso de Ercilla, aunque ya se ubicaban desde algunos años antes. “Ya nos cachábamos desde 2004 o 2005, pero por esas casualidades de la vida Vicente repite y llega a mi curso”, recuerda Carlos.
Previo a Mi Andrómeda, Vicente había formado No! Ataxia junto a unos amigos, un proyecto donde daba rienda suelta a su amor por músicos como John Frusciante (de Red Hot Chili Peppers) y Omar Rodríguez-López (At the Drive-In) y las guitarras enérgicas. Fue justamente un cover de estos últimos, “One Armed Scissors”, preparado para una tocata de colegio, lo que terminó de acercarlos. Vicente invitó a Carlos a tocar con su banda. Los ñoños del curso finalmente se juntaron.
“Vicente es una persona súper especial. Es muy chistoso, nunca sabías si te estaba hablando en serio. A veces tiraba tallas como de Felipe Avello en Tierra 2 (podcast de culto de la época) y nos cagábamos de la risa”, cuenta Carlos.

Vicente ya estaba acostumbrado a escribir canciones y tenía una actitud desfachatada a la hora de afrontar las presentaciones en vivo: “Él siempre me decía ¡Oye, tenís que tocar así como loco nomás! ¡Tenís que volverte loco! Como ya sabía que yo era bien piolita, él lo decía para incentivarme, para que me dejara llevar”, dice Carlos, y luego agrega: “Igual fue bacán, fue bonito. Y ahí empezamos a conversar más “seriamente”. De pronto dijimos ¿y qué pasa si armamos una banda?, pero fue muy espontáneo, ¿cachái? Muy de a poco. Muy simple”.
Respecto a sus gustos de la época, nos cuenta: “me gustaba desde Silvio Rodríguez hasta Ska-P, incluso metal. Me gustaba meterme en foros, descubrir música. Me empecé a meter en la música noventera y ahí conocí a My Bloody Valentine. Fue la primera banda con la que pensé: Next level esta hueá”.
Vicente llegó incluso a tocar covers de Kevin Shields y compañía bajo el nombre de Kinestesia, junto a su primo. Pero el descubrimiento de My Bloody Valentine, Chapterhouse y Slowdive fue más allá, se convirtió en una puerta de entrada a la psicodelia.
Ya fuera del colegio, alrededor de 2010, Vicente y Carlos comenzaron lentamente a darle forma a Mi Andrómeda. Las primeras maquetas eran grabaciones domésticas realizadas con lo que hubiese disponible: baterías MIDI programadas en Fruity Loops, mezclas en Cool Edit y guitarras conectadas directamente a la entrada del computador.
“Las guitarras glide a lo My Bloody Valentine las hacíamos con unas Strato marca chancho”, recuerda Carlos.
Las desventajas técnicas fueron usadas y convertidas en un sello de autenticidad, aunque el lo-fi no era una decisión estudiada ni una pose, sino que simplemente la manera más orgánica que tenían de hacer música.
En abril de 2012 lanzan su primer sencillo, “Lisérgico III”, que ya dibujaba las coordenadas claves del proyecto: guitarras brumosas, una potente base rítmica y hermosas melodías capaces de sobrevivir bajo densas capas de distorsión.
El número en el título no era casual. En aquella época escuchaban mucho Medicine, particularmente “Time Baby”, y solían experimentar re-versionando sus propias canciones. “Nos gustaba mucho hablar del color que tenían”, recuerda Carlos.
Ese mismo año apareció Alfa Reticuli, su contundente EP debut, con trazos del costado más lisérgico de Deerhunter, ciertas atmósferas que recordaban a Boards of Canada y, sobre todo, una sensibilidad profundamente noventera.
“Espina” es el meridiano del EP, destilando un pop desvergonzado, con ecos del Soda Stereo de Dynamo y Sueño Stereo. La extensa y romántica “Como el sol” cerraba un trabajo que, pese a su precocidad, ya dejaba entrever una identidad bastante definida, explorando dulcemente el ruido.

Carlos y Vicente
Poco tiempo después llegaría Beta Reticuli, editado también en 2012. Para entonces se había sumado Claudio, primo de Vicente, en el bajo. “Estamos juntos a la misma altura”, el sencillo que funcionó como adelanto, parecía un hit trasandino de rock alternativo noventero al estilo Victoria Mil.
Las mujeres comenzaron a poblar cada vez más el imaginario de Vicente: “Daniela (te olvidé, te olvidé)”, “Natalia del Carmen”, “Ella duerme” eran algunos títulos de las canciones de ese trabajo. Declaraba Vicente en una entrevista posterior: “Si mis canciones tuvieran sexo, serían mujeres porque trato de componerlas desde mi lado femenino”.
La fascinación por las palabras, los nombres, las constelaciones y la sinestesia se convirtió en otra de las marcas que distinguían a Mi Andrómeda. El propio nombre de la banda respondía a una obsesión de Vicente con las palabras que comenzaban y terminaban con la letra A.
Alfa Reticuli y Beta Reticuli tomaban sus nombres de las dos estrellas más brillantes de la constelación austral de Reticulum, asociadas en Los archivos secretos X al origen de los extraterrestres colonizadores. Vicente, de alguna manera, también se sentía un poco alienígena: “Cuando estaba terminando el colegio, empecé a sentir que no era de este planeta, que venía de Marte”.
Otra marca ineludible de identidad parecía ser Melipilla: “Siempre voy diez años atrasado, no porque yo quiera, sino porque eso me tocó. Eso me ha ayudado a tener menos distracciones, a estar siempre dibujando, pintando y haciendo música”.
Grababan en la casa de Vicente, bautizada como “Casa Jaguar” en honor a Illya Kuryaki & the Valderramas y se autoeditaban a través de la discográfica Cuervo Limón. Las portadas, los títulos y hasta los créditos obedecían a la lógica de ese universo privado. Beta Reticuli estaba dedicado a Bob Ross; en Anima Base (EP de 2017) aparecía la frase “grabado, música, poliedros, geometría cuántica y egos: Vicente et Carlos”; en Bichos III (EP de 2018) incluso escondían coordenadas cifradas que apuntaban a sus domicilios en Melipilla y Santiago.
Pero eventualmente comenzaron a salir de su ciudad.
En 2013 fueron invitados por Cisterna Bizarra, colectivo punk formado por integrantes de Gangrena Surf, a tocar en Bar 1. Dos años más tarde participaron en un ciclo de Sello Fisura, organizado por Rodrigo Herbage de Dolorio & Los Tunantes. También viajaron a Concepción y compartieron escenario con Lía Nadja.
Nunca buscaron convertirse en parte de una escena. “Nuestra música nunca la hicimos para gustar ni para aparentar nada, pero era bonito poder conectar con otras personas”.

Una de esas conexiones fue Polen, una excelente banda de culto que se formó tiempo después, a quienes conocieron en la que debía haber sido su primera tocata en Santiago, pero donde finalmente no pudieron presentarse por problemas con la organización. “Así que nos terminamos yendo con los cabros a carretear”, cuenta Carlos.
Más tarde colaborarían con ellos dirigiendo el videoclip de “Lisérgico III”, grabado en Puangue, una localidad de Melipilla. Pero aun entonces, Mi Andrómeda seguía girando en su propia frecuencia.
Fue en esa época cuando comenzaron a recibir señales de que el rumor de su música se expandía en tierras lejanas.
“Tiempo después de sacar el primer EP nos escribe Jairo Manzur, un colombiano afincado en Argentina, creador de un blog llamado Latinoamérica Shoegaze, y aparecimos en un compilado del blog que se editó en casete. Poco tiempo después Boris Orellana de Super 45 nos invita a una entrevista en la radio”.
Esa aproximación idiosincrática al shoegaze fue precisamente uno de los aspectos que llamó la atención de Jairo, del blog Latinoamérica Shoegaze —hoy Sonidos Que Permanecen—, uno de los primeros espacios dedicados a rastrear la expansión de esas sonoridades en nuestro idioma.
“Cuando alrededor de 2010 empecé a indagar y eventualmente cubrir, a través de mi blog, el shoegaze latinoamericano, Mi Andrómeda fue uno de los primeros proyectos con los que me encontré”, nos cuenta.
Para Jairo, la música de la banda antecedió al posterior resurgimiento global del shoegaze y posee características que le han permitido resistir el paso del tiempo. “Contaban con recursos más limitados de producción y grabación, lo que hizo que su sonido se nutriera siempre de un inteligente uso de los recursos. Esto hizo que desde sus primeros EPs, Alfa Reticuli y Beta Reticuli, lanzados en 2012, lograran un sonido propio e ingenioso que aún hoy en día suena fresco”.
“Bosque”, sencillo publicado en 2014, expandía su paleta sonora y traía un fuerte aire a la psicodelia británica de los sesenta. Su lado B, “Melodía de invierno (los días felices de mi vida)”, reforzaba esa sensación con flautas que podían recordar a Broadcast y una atmósfera neo-psicodélica y orquestal. “Bosque” se transformó en la apertura de su primer álbum, Solana.

Publicado en 2015, fue probablemente el disco al que más trabajo le dedicaron. “Solana fue el disco al que le pusimos más pino. Fueron canciones que sobraron de las que nosotros elegimos para un LP. Entonces le pusimos más empeño para que nivelaran con las otras que terminamos sacando después en Lunera (álbum editado en 2019)”.
Vicente trabajó arduamente en el aspecto tímbrico, en los arreglos e incorporó flautas. En esos años escuchaban de manera incesante “Melody Day” de Caribou y también Innerspeaker, el primer álbum de estudio de Tame Impala. “Escuchamos ese disco y dijimos que lo que nosotros estábamos haciendo era una bosta al lado. Harto fuzz, pegado al techo. De hecho, la primera vez que vinieron a tocar a Chile (al centro cultural Chimkowe, en Peñalolén) nosotros llegamos muy temprano para asegurarnos con el lugar, pero no había nadie y como veníamos de Melipilla nos dimos vueltas alrededor del lugar para pasar más rápido la espera, y en un momento llegaron en una van y los pudimos saludar y conversar un rato con ellos”.
Solana mezclaba baterías electrónicas con baterías reales grabadas por el propio Vicente y expandía definitivamente el universo sonoro de Mi Andrómeda. “Bosque” abría el disco con un pop sofisticado y juguetón; “Quiero ir al espacio” es una de las canciones más hermosas de su catálogo, combinando shoegaze, melodías y emoción con juegos de guitarra que recordaban al costado más amable de You Made Me Realise, aquel seminal EP de My Bloody Valentine.
“Si termina el invierno” era melancolía a lo The Cure en cámara lenta, mientras que la misteriosa “Jueves (bajo la lluvia)” y “Regina, ayer vi un hada” profundizaban la búsqueda tímbrica desde lugares completamente distintos. La grandiosa “Me recuerda un verano”, en cambio, comenzaba como un jangle pop soleado antes de interrumpirse inesperadamente para convertirse, durante unos segundos, en otra canción.
Cuando grababan en la casa de Vicente, Carlos recuerda que este tapaba la hora de su PC con huincha aisladora, porque no le gustaba saber qué hora era.
Después de Solana, sin embargo, la relación entre Vicente y Carlos comenzó a hacerse más intermitente. Carlos atravesó momentos complicados mientras Vicente seguía acumulando maquetas y nuevas ideas.
La banda continuó publicando música, incorporando influencias del krautrock y experimentando con una relación casi contradictoria con la tecnología, produciendo siempre desde la austeridad casi como bandera de lucha.
Lunera, editado en 2019, reunió algunas de las canciones que más les gustaban de aquella época, aunque su carácter más inmediato y disperso hacía difícil encontrarle una cohesión similar a la de Solana. Ese mismo año apareció otra buenísima colección de canciones con un título magistral, Las frecuencias de muestreo de la entrada de audio y dispositivos de salida no coinciden, su último álbum publicado a la fecha.

En paralelo al camino emprendido junto a Carlos en Mi Andrómeda, Vicente publicó numerosas canciones bajo el nombre Apolo.jpg en su canal de YouTube @funkytumadre. Allí aparecían juegos y experimentos vaporwave, chiptune y pop retro: “bienaventuranza del cristo”, de 2016; “dans l’autre jardin”, con su imaginario inspirado en videojuegos; “Secretos”, una de sus canciones más directamente pop; e incluso una versión dream pop y drum’n’bass de “Breathe” de Pink Floyd construida sobre un sample de batería de “Fools Gold” de The Stone Roses.
En 2019 Mi Andrómeda se presentó en vivo por última vez. Después de eso, simplemente dejaron de verse.
“Vicente siempre fue complicadísimo de contactar. Con suerte ocupaba celular, solamente SMS. No usaba WhatsApp, se alejó de Facebook. Twitter fue la última red social por donde nos contactábamos, y fue ocurriendo cada vez más esporádicamente”.
Continúa Carlos: “Con Vicente lo del ¿cómo estái? no existe. O ¿qué es de tu vida? Eso no se nos daba. Él, de la nada, me mandaba unas frases muy random o maquetas de canciones. Nunca hubo una conversación de que nos separábamos. De hecho, la banda entre comillas no ha terminado, porque nunca dijimos que íbamos a dejar de tocar”.
Hace algún tiempo Carlos intentó volver a contactarlo.
“Le escribí: '¿Cuándo sacamos un disquito?'”.
En mayo de 2025, Vicente le envió dos canciones y una frase que, escuchada ahora, parece funcionar de manera oracular: “Contempla este lugar, te hará bien de tan solo mirar; buscarle explicación sería como complicar”.
“Así era Vicente”, dice Carlos. “Quizás por eso congeniamos tanto, porque nos entendíamos. Nos costaba siempre encontrar baterista y bajista porque les costaba lidiar con la personalidad de Vicente, porque de pronto los otros chicos tenían pretensiones de profesionalizar la banda, o de tocar en festivales, y Vicente sencillamente no tenía ganas de eso. Yo siempre he sido de evitar a toda costa las discusiones, los chiquillos me preguntaban qué opinaba y yo, estoy bien como estamos, apoyaba a Vicente porque esa fue siempre la intención de la banda”.
A Carlos le entusiasma la idea de poder retomar el proyecto algún día, de manera remota. La nostalgia se agudiza al recordar su historia compartida: “Vicente es una persona que estimo mucho, me acompañó en momentos muy complicados tan solo estando. Con su personalidad me acompañó mucho. Extraño tirar la talla con él. Es una persona que estimo caleta y a la que le deseo lo mejor”.
Los intentos por contactar a Vicente para este artículo fueron infructuosos.

Solana (2015)