Incluso el mar está contra nosotros

Incluso el mar está contra nosotros

por Juan Desordenado

“Estaba vestido para el éxito, pero el éxito nunca llegó” cantaba desconsolado Stephen Malkmus en “Here”, una de las canciones más bellas que parió la década de los noventa. Esta frase parece calzarle como anillo al dedo a una agrupación que se había formado el mismo año que Pavement, pero al otro lado del Atlántico, en la gélida ciudad de Essex, Inglaterra. Ian Crause, Paul Willmott y Robert Whatley fueron durante poco más de cinco años Disco Inferno, nombre que fue pasando de boca en boca a través del tiempo entre los entendidos de aquel universo mutante, triste y emocionante llamado indie rock, para convertirse en héroes invisibles (¿y figuras cuasi trágicas?) de un movimiento que no tuvo pares, seguidores ni sucesores.

En un principio eran cuatro adolescentes, Ian Crause en guitarra y voz, Paul Willmott en bajo, Robert Whatley en batería y el tecladista Daniel Gish. Tras unos pocos shows este último decide dejar la banda para pasar a formar parte de Bark Psychosis, tiempo en el que consolidan la idea del trío, a través de tres trabajos publicados en 1991 vía el sello independiente Che: un single (“Entertainment”/”Arc In Round”), un álbum (Open Doors, Closed Windows) y un EP (Science), que fueron compilados en In Debt, lanzado el año siguiente. Este período constituye la primera fase de la agrupación, donde aún eran una banda “normal”, que bebía tanto de los ensoñadores tejidos de guitarra de The Durutti Column, del hipnotismo adiáfano de Wire como de la espesura gótica de Joy Division, sus máximos referentes. Canciones hermosas como “Emigré”, “Interference” o “Leisuretime” ya mostraban fina puntería en el terreno melódico, pero aún faltaba esa cualidad inefable que estaría pronta a llegar.

Con The Orb, Massive Attack y My Bloody Valentine como faros sobre cómo debería sonar una banda moderna, e inspirados en el uso delirante del sample de artistas como The Young Gods y las caóticas y arriesgadas producciones de The Bomb Squad para Public Enemy, llegan a una solución que tal vez ahora no parezca tan novedosa pero que les abrió infinidad de posibilidades para explorar: Crause deconstruye su guitarra instalándole pastillas midi y compra un sampler digital, el Roland S-750, y Wheaton un prehistórico kit de batería electrónica. Con Willmott y su bajo quedando a menudo como centro melódico gravitacional y único cable a tierra, su sonido se volvía más desafiante, extraño e indescifrable. Mientras sus contemporáneos se conformaban sampleando elementos musicales o diálogos cinematográficos, Disco Inferno se zambullía en los sonidos del mundo: caída de agua, vidrios rotos, autos chocando, o el canto de los pájaros que recorre “Summer’s Last Sound”, tema de apertura del EP titular, la primera evidencia del nuevo sonido de la agrupación. Una canción que de alguna manera rompe con su pasado de manera tan fuerte como “Digital” lo hizo en la historia de sus reverenciados Joy Division, generando un antes y un después. Pop abstracto conducido por las melodías absorbentes de Willmott, mientras Crause narra, según sus palabras, sobre “la decadencia que vi a mi alrededor en Londres durante la recesión de principios de los noventa”, evocando los horrores de un pasado ominoso que siempre termina por volver a devorarnos. En su reverso “Love Stepping Out”, una hermosa canción que pone en relieve el contraste entre la calma serena de unos arpegios de guitarra robados de un floppy disk que venía con el sampler que acababan de comprar y gritos angustiosos que acechan por debajo. Es esta bipolaridad uno de los elementos que mejor describen el nuevo sonido de la banda: entre el ensueño melódico y el horror afilado y disruptivo.

En 1993 vendrían los EPs A Rock To Cling To (cuyo hermoso tema titular suena curiosamente muy similar a “A Night Like This” de The Cure) y The Last Dance (ya en Rough Trade, hogar discográfico mucho más acorde con su sensibilidad), uno de sus trabajos mejor logrados. El espíritu de contraste que aludí anteriormente nunca se reflejaría de mejor manera que en sus dos primeras canciones. La canción homónima es goce pop puro, probablemente lo más cercano que hicieron a una canción perfecta. De vuelta a las guitarras al más puro estilo New Order —no es casualidad que la producción haya estado a cargo de Michael Johnson, ingeniero de sonido de los mancunianos en álbumes como Technique— , con una letra triste y hermosa que hablaba sobre la imposibilidad de lidiar con las expectativas del pasado y crear algo nuevo, y aun así intentarlo, hacen de esta una de sus mejores canciones. El segundo tema, “D.I Go Pop” (no confundir con el álbum del mismo nombre, una broma que representa su espíritu profundamente cínico), básicamente un sampleo de un segundo a “You Made Me Realise” lanzado con distintos pitches de manera aleatoria, es otro de sus grandes logros.

Su líder es quien lo describe mejor:

“(‘D.I Go Pop’) Es como esperar a que explote un fuego artificial: sabes que va a estallar, pero la espera es lo que te pone nervioso. No recuerdo la letra exacta, pero empezábamos a reírnos entre nosotros de nuestra falta de éxito y yo también empezaba a pensar cada vez más en nosotros como una banda de dibujos animados para reflejar nuestra total desesperanza. Finges que en realidad no es importante, aunque te esté matando. El purgatorio de los dibujos animados sería donde nos lleva esta historia obviamente inventada: un mundo de ironía negra”.

 

 

El EP consiguió esporádicos elogios en la publicaciones especializadas como Melody Maker y nula notoriedad en la esfera pública, lo que les envalentonó a subir sus apuestas con su segundo álbum. D.I Go Pop, editado en 1994 es, sin dudarlo, una de las obras maestras de la década, un álbum esencial en la historia de la música independiente y sus devenires. De carácter decididamente anti comercial, sus canciones son lienzos extraños irrumpidos por samples desorientadores e inquietantes. Canciones como “News Clothes For The New World”, “A Crash At Every Speed” y “Even The Sea Sides Against Us” son tan inquietantes que parecen venir de ningún lugar. Una sensación de paranoia y fatalidad recorre las canciones, en esencia, profundamente hermosas. El álbum (y la banda) alcanzan su punto más alto en el último corte, “Footprints In Snow”, una agónica descripción de un mundo congelado tras una guerra nuclear. Hermosa y devastadora.

Posteriormente seguirían sacando grandes trabajos, como el EP Second Language (1994) y Technicolor, su último larga duración —que contiene la irresistible y juguetona “It’s A Kid’s World”—, ya editado de manera póstuma. Desilusionados con un mundo atomizado que se había movido de la pose rabiosa del grunge al hedonismo del britpop, pasando a llevar todo el movimiento de vanguardia que se cocía en ese momento en Inglaterra, la agrupación desaparecía sin mayor escándalo ni notoriedad.

En su momento Disco Inferno fue tildado con el mote de post-rock, aunque poco tenían que ver con los crescendos orquestales de Mogwai o Godspeed You! Black Emperor y tampoco encajaban con la escena de Chicago de bandas como Tortoise. Su carril estaba ocupado solamente por ellos, dolorosamente adelantados a todo lo que sucedía. Pasarían años y comenzaría un lento período de reconocimiento forjado a fuego lento en base a su consistente discografía, que cada día que pasa se vuelve más esencial.

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