por Juan Desordenado
En 2007, revisando las estanterías de una disquería, el DJ Jacob Gorchov se topa con un extraño álbum: Hearsay Evidence, de 1987. Su autor, Roland P. Young, un desconocido clarinetista de free jazz espiritual reconvertido para esa época en excéntrico crooner new waver. Luego de escucharlo de manera incesante decide contactarlo y reeditar el trabajo en conjunto al EP I-Land de 1984 (acción con la que funda de paso el alucinante sello neoyorkino Palto Flats), devolviendo al mapa a una figura muy pasada por alto.
Roland Young, originario de Kansas City, comenzó estudiando jazz y clarinete clásico a los nueve años, bajo la tutela de su abuelo, el destacado Lawrence Denton. A los catorce formó un grupo vocal y produjo su primer disco como Roland Young and the Velveteers. Luego de ello, comenzaron sus acercamientos con el jazz y la improvisación libre, orbitando en torno a figuras del spiritual jazz. Pero además de músico, Young también incursionó de manera profunda en la radio: trabajó como presentador y programador, abriendo espacio a músicas que no encontraban lugar en el dial. Aquella experiencia marcó su concepción del sonido: fue uno de los creadores de la mezcla de géneros musicales que se fusionaban en fluidos y ondulantes sonidos, demostrando así la unidad de la música y la falacia de las estrictas categorías de estilo. Un antecedente directo de lo que más tarde llamaría isofonía.
La idea no era académica ni teórica. Para Young, la isofonía era un estado: múltiples voces coexistiendo sin centros ni periferias, sin un elemento dominante. Un modo de escuchar —y una filosofía de vida— donde cada sonido tiene el mismo derecho e igual importancia.
Ese método se cristalizó con la publicación de su debut en 1980, uno de los álbumes más extraños e hipnóticos surgidos del cruce de ambient, jazz espiritual y minimalismo: Isophonic Boogie Woogie.
Un disco hecho de manera artesanal con percusiones electrónicas, clarinetes, voces difusas y ritmos entrecortados conviviendo entre sí. Es música meditativa, pero no derivativa, espiritual pero con espacio al error; Young le llamaba “Afro-spiritual minimal electronic space music”, un término bastante preciso aunque a primera vista parezca excesivo.
Tras ese punto, el estadounidense hizo lo que nadie esperaba: se mudó a Nueva York y absorbió el pop y la new wave, incorporándose a la cultura de clubes e iniciando una etapa clave en su carrera.
En 1984 aparece I-Land, un EP que hoy se siente como un puente secreto entre el soul sintético, el dub minimal y el pop lo-fi. Fue grabado de manera absolutamente lo-fi, atributo que salta a primera escucha, pero con una claridad emocional poco común. “Ballo Balla”, la apertura, es un ejemplo temprano de downtempo, adelantándose sin pretensión alguna a la electrónica íntima que vendría décadas después. Es su canción más popular, aunque eso no diga mucho, y también la única donde canta su esposa, Risa Young, aportando una calidez inesperada. “Don’t Ever Take Your Love Away” es una dulce balada lo-fi en clave reggae; “It Hurts So Bad” subraya su talento para la melancolía desnuda, donde cada silencio parece respirar, y “So Very Easy”, cantada como un crooner descalzo, cierra este mini-álbum con nocturna delicadeza.
En 1987 reaparece con Hearsay Evidence, un larga duración que expandía el imaginario de su trabajo anterior, insistiendo con un synth pop inocente, colorido y lleno de añoranza donde Young abraza un synth pop más urgente y colorido. “Go Away” abre con una urgencia punk; Young canta sin preocuparse por las afinaciones, con una encantadora torpeza, como si lo importante fuera sacarse algo del pecho. Probablemente su canción más emocionante. “Victim” se hunde en un synth pop oscuro; “I Believe in You” recupera el alma soulera del disco anterior, esta vez bañada en un minimalismo radiante; “Different Package” mezcla impaciencia punk con sintetizadores ska. Es pop en technicolor. Luego, la oscuridad vuelve: “Edge of Disaster” es electrónica espesa, sucia, casi industrial, con un pulso que roza el hip hop primitivo, y el cierre con “Don’t Make Me Wait” es absorbente, sensual, misterioso, una súplica llena de goce. Otra de sus grandes canciones.
Young encara y convierte sus carencias técnicas en virtud: su manera de grabar, de cantar, de mezclar, anticipa sin querer la estética lo-fi de los dosmiles, como si estuviera adelantado veinte años sin proponérselo.
Luego de su etapa pop, Young desaparece de escena durante años, reapareciendo recién en los dos mil, pero esta vez desde otro lugar: un retorno al ambient, al minimalismo, a esa vibrante espiritualidad de su primer trabajo. Publica una serie de discos meditativos —ciclos de clarinete, voces, drones electrónicos, texturas suaves— donde la isofonía ya no es un concepto, sino un clima permanente. Álbumes como Isophonic Boogie Woogie Vol. 2, Misty Haze, Confluence, o sus múltiples colaboraciones con sellos dedicados al ambient experimental, lo consolidan como un referente silencioso, casi místico, del sonido contemplativo contemporáneo.