por Bárbara Carvacho
"Aquí pasan cosas raras", nos va a advertir en algún momento Miguel Conejeros, que nos recibe en Caja Negra en pleno invierno, en medio del Mundial de Fútbol aunque esta mañana acompaña de fondo un partido de Wimbledon. Una de las tantas pantallas que tintinea en su sala mientras va desclasificando lo que ha sido el proceso de ensayar en su carrera, que desde los ochenta ha visto cambiar su ejercicio y concepto.
No tiene una metodología muy fija, dice, pero parte por lo que se ve: las máquinas. "Siempre voy cambiando las configuraciones y ubicación porque así salen diferentes ideas. Lo que estoy haciendo ahora, y lo que hice para Cobijo [su última entrega colaborativa junto a Jorge González, editada por Grieta ], es partir por el lado izquierdo, el lado más analógico. ¿Por qué? Porque aquí pasan cosas raras. Acá nada suena igual, el sonido cambia con la temperatura, aparecen errores, cosas distintas, cosas extrañas. Lo que pasa aquí, pasa al digital y lo proceso. Ahí se van a un otro, como Jorge, por ejemplo. Para tocar en vivo es lo mismo. Me llevo distintas máquinas, distintas configuraciones; es justamente por lo mismo. Es para buscar una configuración que me vaya sorprendiendo. No soy una persona de sets muy cerrados. Llevo algunos audios, MIDI, el computador chico para tirar secuencias, pero me gusta el híbrido entre el hardware y el software. Lo que planteo para una tocata en vivo, más que ultra ensayar, es intuir".
¿Cómo se ensaya la intuición? Con pequeñas certezas: "para mí es súper importante saber a qué hora voy a tocar, quiénes más tocan, ese tipo de cosas. Si toco a las tres de la tarde en una fecha de ambient, no me voy a poner a tocar un set de techno duro. Dependiendo de eso, veo qué llevo de acá y en el lugar se va armando el en vivo. Pero algo pasa. Una vez leí, y me quedé razonando, que cuando uno toca en vivo es cinco veces más tonto que en el estudio o en el ensayo. Suceden muchas cosas que te ponen nervioso o te desconcentran. Lo que hago acá es simplificar, porque para mí la gracia de tocar es disfrutar, pasarlo bien, explorar. Si te asustas, estás rígido. Así que la previa, el ensayar, vendría siendo conocer los elementos con los que voy a trabajar o tocar en vivo. Diseñar el cuento o la historia, recopilar sus partes; tampoco me interesa replicar un tema tal cual el disco, me interesa hacer una recreación. Entonces, tengo los loops, secuencias abiertas, y voy remezclando y rehaciendo en vivo. Más que ensayo, es reconocer y relajarme. Es casi como estar psicoanalizándose todo el rato. Es estar pensando qué sacar, qué restar, porque uno tiende a sumar, sumar, sumar. Y es más difícil la sustracción".
Está la posibilidad de enfrentarse a una sala que suene rara, que el público se aburra, que haya poca gente, que esa gente se caldée, de querer improvisar, que el computador se pegue, que quieras más bombos, que te acuerdes de algo que resultó en la sala y pinte perfecto para la fecha, por eso Miguel toma estas jornadas, casi de oficina, como una preparación más que una repetición fría de memoria.
Ese gris bastante colorido de espontaneidad da seguridad: qué máquinas vale la pena llevar –el computador como cerebro maestro para enviar secuencias MIDI, pero siempre tiradas mediante el mixer porque la tarjeta de sonido le quita todo el color que su libertad da–, otras que se quedan en la sala –como sintes griegos temperamentales que varían dependiendo si hace frío o calor–.
"Hay máquinas que son chúcaras. Y me aburren. Por eso igual uso la Ableton y me acomoda mucho. En mi segunda etapa haciendo música trabajé mucho con la MPC. Ableton es conceptualmente una MPC. Loops de audio y MIDI. Un sampler MIDI portátil. Me gusta que la distancia que hay entre lo que se me ocurre y la ejecución no sea tan larga. Ojalá me enchufaran el enchufe y pudiera sonar [risas] porque cuando las máquinas son muy complicadas pierdo la fluidez y la naturalidad. Quiero que sea lo más rápido posible, quiero ser la interfaz, quiero pensar y ejecutar", comenta, quizás por eso nunca fue asiduo a leer manuales o, ahora, ver tutoriales. Llega la máquina y empieza a probar. Ese es el espíritu de F600 –lo que no lo aleja de distraerse con sus modulares de vez en cuando, a ver si sale algo con lo que pueda conversar–.

Como un juego pero uno muy en serio. "No quiero que los procesos sean tan complejos", dice Conejeros respecto a una aproximación musical que ante todo busca la habilitación de un flujo. "Cuando la cosa se pone muy compleja me obsesiono buscando un sonido. Hay tantas posibilidades, con los modulares por ejemplo, que al final esa obsesión me provoca bloqueos. Si bien es cierto que hago música y trabajo con el sonido más que con acordes y progresiones porque lo mío es más sónico, quiero que fluya, quiero que sea espontáneo. Aunque luego suene como algo que es complejo, en el fondo son tres cosas: sonido, efecto, feedback. Magia. No me gusta tanto eso de ponerme a hacer patches de Max DSP. Yo quiero hacer música, mucha parte de esta música es neurofísica. A mí no se me da estar cuatro horas buscando un sonido y que termine igual a una alarma de auto. Y no hiciste el tema, no hiciste música, no hiciste ni una textura. Esa obsesión invita al bloqueo creativo, aunque nada de lo que yo digo es bíblico. Es mi experiencia nada más".
Tecnología y autonomía: cómo cambió el ensayo desde Pinochet Boys
Hoy la inteligencia de la NASA entra en tu bolsillo, pero Miguel siempre lo ha llevado más allá. Dicen que todas las juventudes son la generación de la tecnología, pero serlo hace cuatro décadas en el tercer mundo y bajo dictadura no es menor.
"Lo percibo natural; ya en la época de los Pinochet Boys trabajábamos con una SH-101 y una máquina de ritmo. Ya era moderno. Siempre me gustó lo de la tecnología. Siempre sentí que era muy bienvenido todo lo que iba saliendo. Cuando tuve mi primer software en un computador (un Macintosh SE/30), aluciné. Se llamaba Master Track. Era pasivo, una pantallita chiquitita. El que me lo vendió tenía unos lentes que eran como microscopios y ahí supe por qué [risas]. Todo en blanco y negro, y en esa pantalla pequeñísima el secuenciador y todo...".
Cuenta que en 1983, con el protocolo MIDI, algo cambió. Pero desde los noventa, todo ha sido exponencial. Todos los días hay algo nuevo. Ahora es la inteligencia artificial, pero antes: "secuenciadores sampler, Cubase, ProTools, Fruity Loops, Fruity Loops 2, 3, ahora van en el 20 no sé cuánto; Ableton. Cuando salió era una cosa muy básica, ahora son estudios. No hay que marearse tanto. La gente se obsesiona con la actualización, la nueva versión, la nueva máquina, pero ¿y la música?".
Antes de las veinte versiones de FL, y de F600, siempre hubo música. Estaban los Pinochet Boys. Banda pionera del post punk y synth pop chileno. Cuatro amigos que a mediados de los ochenta introdujeron tecnología y sonoridades a una redibujada –y desdibujada– cancha cultural que vivía el país por esos días. Y allí, ensayar también tenía otras implicancias.
"Lo más complejo de hacer música solo no es tanto la ejecución, es el tema psicológico de la autoafirmación. Cuando trabajas con otros, alguien te dice la raja. Hay parámetros. Cuando estás a cargo de todo el buque, todas las decisiones estéticas, para bien o para mal, pasan por uno. Tienes que estar muy seguro de lo que estás haciendo. O confiar mucho en tu criterio. Hay una diferencia muy radical partiendo desde esa base”.

Recuerda los ensayos con la banda y, a pesar de sentir que es un lujo ese feedback, no sabe si por estos días podría ponerse de acuerdo para coordinar agendas y otros etcéteras que ya hemos visto en las ediciones pasadas de esta sección.
"La época de los Pinochet Boys era diferente. Vivíamos en una misma casa, teníamos una pieza que era de ensayo. Más que ensayar, estábamos toda la tarde improvisando, jameando todo el día. De repente a alguien se le ocurría la idea genial de ponerle rec al casete y grabábamos, pero por lo general, después de todos los pitos y las chelas, teníamos las mejores sesiones de nuestra vida y nadie grababa nada [risas]. Intentábamos repetir y nunca salía igual. No éramos los músicos más aplicados ni nada; tocábamos con la SH101, que igual es media análoga, entonces tampoco sonaba igual. No teníamos un horario, pero tocábamos harto".
—Y ahora que estás en modo más solista, ¿sueles compartir tus maquetas o procesos?, ¿alguien se entera de lo que pasa en el estudio cuando estás componiendo?
—Últimamente he estado casi como en una banda con Jorge (González). Tenemos mucho feedback, pero en general no muestro tanto. Tengo amigos que se juntan a carretear y ponen cosas en las que están trabajando y a mí eso me da un poco de rubor. No muestro mi música hasta que está lista, aunque cuando voy a disjockear meto temas míos entremedio para ver qué pasa… Pero no le ando contando a nadie que son míos. Es para ver si funcionan. Son pruebas fantasmas. Soy bien ejecutivo. No es que no muestre porque no confíe en sus opiniones, pero no quiero andar dando la lata. Es más lindo mostrar cuando está ahí listo, en el disco, con etiqueta, etc. Andar contando el chiste antes de que salga de este espacio, de la sala, no sé...
Conejeros ha visto el ensayo desde muchos prismas. Tocar porque están las condiciones estructurales, como vivir con los amigos. Juntarse a ensayar porque hay muchas fechas en el horizonte, como pasó con los Parkinson. Hacerse un hábito con él mismo porque el ensayo ya no se llama más así; muta. Ahora es práctica. Y tiene distintas pieles, olores y funciones. Y la sala ya no es su casa, pero lo ha recibido como tal. Este espacio lleno de máquinas lo ha visto dormir, pasar pandemias, ver partidos de tenis y dar entrevistas. El refugio. O como le dice y le diremos ahora, el shelter noise.
"Como te decía al comienzo, el ensayo es una lucha constante con los fantasmas. Es intuir, probar fórmulas, dejar planteado algo que permita desenvolverme de manera fluida. Cambiar direcciones radicalmente de acuerdo a lo que esté sucediendo en el momento, sea cambiar el bpm hasta el setlist, hasta sacar bombos o hacer todo más ambient. Creo que cuando ya tienes todo más o menos controlado puedes pasarlo bien".
El shelter noise, un espacio para meditar (y construir la paciencia musical)
"Este espacio permite eso y hartas cosas más. Tengo varios cuadernos donde voy anotando ideas. Otros días vengo a hacer cosas más administrativas. A veces traigo un libro y me pongo a leer. De repente llega el momento en que me siento y empiezan a ocurrir cosas; ideas que toman forma. Me pongo a grabar. Si tengo una fecha, voy preparando configuraciones. Durante muchos años me pasaba de largo trabajando. De un tiempo a esta parte, yo creo que cuando tuve hijos, cambió esa dinámica. Me di cuenta de que en las mañanas estoy mucho más operativo. Ahora el pito me aburre o me pone demasiado creativo y no llego a nada. Las cosas van cambiando y no solo por la tecnología y los equipos, sino también por uno mismo. Ayer leía a Bowie y decía que hacerse viejo era ir transformándose en la persona que uno siempre debió haber sido. Me pareció que tenía razón. Sí. Porque yo pienso en el Miguel de antes y era un pelotudo [risas]. O sea, perdía mucho tiempo. Bueno, todas las etapas tienen sus aprendizajes, así es la vida. Prefiero estar haciendo música que estar chupando con los amigos. Está bien de vez en cuando, pero antiguamente la proporción del tiempo no tenía sentido. Antes ensayabas tres temas y salías a fumar cinco cigarros, tres piscolas y volvías al ensayo. Pero bueno, es parte del proceso. Hoy me entretiene estar aquí, en el shelter noise, en mi espacio. Como la gente que va a un lugar a hacer yoga, bueno, yo estoy aquí. Es una meditación para mí. Es mi refugio".

A veces se satura. Acá también hace otros trabajos remunerados ajenos, aunque prefiere llevarlos a casa u otro lado porque "se desconcentra" con lo suyo. Acá es el espacio de la música, de pensar, escribir, leer. De practicar setups, de sus máquinas, de la concentración.
"Le he dicho a los cabros que a veces, más que ensayo, se necesita psicoanálisis. Es la lucha con los fantasmas. Limpiar la cabeza. Autocoaching. Más que ensayar hasta el último minuto es recordar: qué sacar, no ser impaciente. Acuérdate de alargar, de pasarlo bien, de que el resto lo pase bien, de arriesgarse, no hacer siempre lo mismo, ser flexible, disfrutar el proceso".
"El ensayo es una práctica. Es un músculo que se entrena. Hay que ir al estudio, prender las máquinas aunque no salga nada y venir todos los días. Hay que estar. La inspiración te pilla trabajando, como decía Picasso, creo. Te puede pillar en la micro, lo anotas en el celu, pero no va a ser lo mismo. Ese hábito de constancia es básico. Ahí está todo el aprendizaje y la evolución. Ahí está la seguridad en lo que haces, ahí encuentras los métodos y manías. Donde las papas queman".
El gran consejo es ese. Ni un ensayo ni una carrera ni un disco son de corto aliento. "No es un sprint, es un maratón. La constancia es importante, ahí está todo: el lenguaje propio. He visto a mucha gente pasar para ver si ganan plata y no pasó nada. Paciencia y constancia. Ese es mi pseudo consejo, mejor digamos recomendación desde la experiencia. Que se psicoanalicen primero y vean si tienen cuero de chancho para aguantar. Yo he pensado en tirar la esponja varias veces, hasta hice un concierto que decía adiós Fiat 600 porque esto es bien ingrato, pero hay que entender que no es con uno. Es ingrato de verdad. No se vive absolutamente de esto. Uno se divide: lo que te hace feliz, lo que paga las cuentas. Es un poco esquizofrénico. Entendí que el trabajo creativo, el arte, requiere constancia que no es retribuida de manera inmediata. Uno pinta, uno crea, uno toca, porque es una necesidad como respirar. Y es para ti, no estás haciéndolo para nadie más. Y tal como mis amigos pintores que están todo el día en el taller, con mamelucos y las manos cochinas, la música es igual. No hay que perder el tiempo. Si no estoy tocando, estoy ordenando carpetas o limpiando las máquinas. Y eso no es perder el tiempo. Qué importante es valorarlo cuando estamos en épocas precarizadas y cansadas. ¿Por qué estoy haciendo esto? Por lo menos para mí, el hiperrealismo de la sociedad ha sido una fuente de inspiración. Desde mi disco El empleado del mes hasta ahora, toda la esclavitud de la sociedad moderna, son una fuente de inspiración clara. Pero si la quiero traducir en música tengo que buscar la herramienta y el lenguaje. Y eso está acá, en el refugio, en la práctica. Venir, básicamente. Venir, venir, venir”.