Sala de Ensayo: Martina Montaldo

Sala de Ensayo: Martina Montaldo

por Bárbara Carvacho

"Tocar sigue siendo exponerse un poco", porque, incluso aunque se haga hace más de una década, hay artistas que cada vez que están arriba de un escenario continúan dejando un poco de ellos en cada canción. Martina Montaldo es un ejemplo claro. Su último disco, Ermitar –lanzado en 2025 bajo Sello Fisura–, no solo es uno de los más delicados emanado de la escena en el último tiempo, también es muestra de vulnerabilidad a máxima expresión.

El jueves 14 de mayo, Montaldo lanzó en vivo su segundo LP en un show que repasó las ocho canciones que lo componen, además de un viaje al pasado de su trayectoria. Un día antes, en una especie de ensayo final, pudimos visitar las dependencias de Algo Records para conversar, precisamente, de eso: las vulnerabilidades que rodean la práctica cuando se trata de pasajes tan personales, a horas de un momento especial.

Si en otras ediciones de Sala de Ensayo, el ejercicio se ha sentido como la posibilidad de ser espía de dinámicas de creación y ajuste, esta vez fue tener la fortuna de ser espectadora previa del concierto. Ismael Palma en guitarra y montaje musical, Matías Peralta en batería, SPD y percusiones, y Vicente Godoy en teclado, guitarra y bajos, son testigos claves y frecuentes del mundo interior que Martina convirtió en canción. Hace casi un año que se empezaron a juntar, en noviembre tuvieron una primera tocata y desde ahí todo ha sido ensayos para Ermitar

"Hay constancia. Nos juntamos seguido a ensayar, hasta dos veces por semana, aunque por mí sería más", dice la cantante. Porque si hay algo que define a Montaldo, además de ser una buena letrista, es tener desarrollo de sentidos para estar presente: qué está sonando, cómo está sonando, hasta cómo se siente la banda. Y eso la hace una obrera de oficio, con experiencia suficiente para querer que cada detalle funcione.

"Soy súper fijona con las hueás. Estoy todo el rato ¿qué fue eso?, ¿qué fue eso, chicos? El Ismael ya me ignora y mira por la ventana [risas]. Ese es su lugar hace meses. No, mentira, ni cagando es que me ignoren, pero es una manera que entiendo para seguir, soltar. Ya caché que tiene su extensión ahí mirando por la ventana y lo encontré la raja por eso: suelto y seguimos nomás".

 

 

Cómo trasladar el mar a una sala de conciertos

¿Será porque durante los últimos años la creación, composición y práctica era algo mucho más privado y solitario? El disco, y la vida reciente de la artista, se desarrolló en Valparaíso. Todo en casa, con uno que otro ensayo con su guitarrista, pero más cerca del aislamiento completo que de la conexión que genera con su agrupación hoy. Se siente en el disco. Tiene una estela de intimidad que Montaldo podría atribuir a las jornadas que pasó viendo el mar desde la ventana en su casa del Cerro Florida.

¿Cómo se lleva un pedazo del mar para contemplarlo en una sala oscura en medio de Providencia? ¿Te lo llevas en el corazón, en la perfección, en los recuerdos? Tal vez en la mera idea de soltar, sabiendo que ya dejó huella en ti, que seguirá ahí para cuando vuelvas. "Tuve que hacerme la idea de que la versión en vivo no tiene que ser necesariamente igual a la del disco, que fue algo que me costó. Hay que potenciar la versión en vivo dentro de su diferencia también", confiesa.

Es un desafío: pasar de armar canciones en Ableton, a distancia y en soledad, es una historia muy distinta a performarlas junto a otros y para otros. A Montaldo le pasó con todo el disco. "Antes de empezar los ensayos fue como ¿cómo chucha hacemos esta hueá? Había mucha instrumentalización que yo no había usado antes, o sea, hicimos harto pero en un computador, ¿cachái? Yo vengo con una idea de la banda electroacústica donde todo está tocado en vivo, todo está pasando ahí mismo. Hice hartos bichitos, marcianitos y después no sabía cómo llevarlos a ese formato. Pero Ismael sabía todas esas cosas. Y ahí aprendí y no fue tan terrible. Nada terrible, de hecho".

"Hicimos lo que teníamos que hacer con lo que teníamos. Con guitarra, pedales, Chichi –Matías Peralta– tira algunas capas ambientales desde la SPD y eso funciona porque no le quita todo el color a la canción". Una serie de ensayos que tienen un fin claro, con fecha, hora y lugar, pero para ella, ya sea con su banda anterior o en ensayos a dúo para tocatas más pequeñas, "la seriedad de tocar bien está siempre".

Ahora tiene otro componente que disfruta para pulir y perfeccionar la experiencia que quiere lograr: "juntarme a hacer música con mis amistades, que es casi una salvación de la realidad donde lo que más importa es hacer música y entenderse. Compartir con los chicos, sentir el progreso del ensayo. Eso es muy bacán". Y a pesar de ser individuos con vulnerabilidades, sentimientos y carácter personal, ese encuentro en la práctica es intransable. 

 

Un refugio para ermitar, donde otros pueden entrar

"Es un refugio de la realidad, que es tan penca a veces. De repente trabajo en la mañana como barista, que no es una mala pega, pero ensayar recarga esa idea del para esto me levanté. Siempre que me aparto de la música pierdo un poco la brújula. Cuando vuelvo siento que me alineo de nuevo". Un espacio para cuidar. Un pito de marihuana, tomar once, desayunar, ponerse al día, saber cómo está el otro antes de subir a la sala y enfocarse. "Siento que sirve para entrar en sintonía, por lo mismo de no estar al 100% a veces. Es bueno para cachar la onda y adaptarse al ensayo", agrega la mañana previa al show, en un patio que se siente más como un hogar que como un lugar arrendado.

Ismael lo sabe. Gusta de la práctica porque ahí "se van armando los temas, vas cachando sutilezas, volúmenes. Sobre todo en la música latina que es súper dinámica. En este show hay banda fuerte pero también partes más abajo. Lograr ese equilibrio es emocionante. Desafiante también por eso mismo... No estar a la altura de uno, sentirse mal por distintos motivos de la vida y, puta, hay que enchufarse y de repente vienes mal por motivos equis y hay que manejar esa frustración. Hay ensayos buenos y ensayos no tan buenos, y tienes que entregarte nomás cada vez que tocas. Siento que si uno está fuera, eso hace que el otro esté fuera; cae en la otra persona sin decirse siquiera. Eso es lo más fome. No enganchar. Pero uno sabe que el próximo va a estar bien, va a salir mejor".

 

 

Ermitar en vivo es responsabilidad emocional con el del lado, también con las labores. Llevarse tarea para la casa y activar la memoria muscular fuera de la sala para llegar a ella directamente a desafíos como "sacarle el rollo a los instrumentos, las canciones y las partes del show". "Es brígido y bacán, porque toco con gente que es muy matea, son muy buenos para esto. Llegar en otra o poco preparado no va a pasar piola. Si algo anda lento o raro es porque te pasa algo, no porque no sepas lo que estás haciendo. A veces me llevé tarea para la casa porque sentía que no estaba a la altura de la gente con la que me estaba rodeando para mi proyecto. El ensayo sigue sola. Y bueno, para el concierto tuve que preparar los clicks, los pasajes, puras cosas que no sabía hacer y tuve que aprender por días enteros, más allá del rato que venimos para acá", dice Montaldo.

Para un lanzamiento la logística es enorme. Comida, entrada, seguridad, escenografía, canciones. Pero ¿qué es lo que no se puede ensayar por mucho que seas disciplinada y pienses 24/7 en el espectáculo? "Tú te puedes preparar para todo, pero la vida es la vida y de repente hay cosas... Por ejemplo, yo me considero una persona súper sensible, muy permeable a las energías del resto, etcétera. Eso puede afectarme y pillarme de sorpresa. Sin embargo, creo que uno puede incluso ensayar un mindset previo: soy sensible, voy a cuidarme. Es como cuando andas con la regla y llevas guatero, manta, un chocolate, algo para el dolor. Acá es parecido. Voy a dormir bien, voy a alimentarme bien. La vida es un imprevisto en sí, pero puedes ir cachando qué necesitas para cuando pasan".

Ser sensible, responsable y perceptiva es su manera de existir, ¿cómo soltar parte de ti cuando tienes que hacer algo tan importante como presentar un disco? "Es distinta la Martina del ensayo que la que está en escenario. Tengo que ponerme más perso, más performática. En el ensayo estoy más atenta a los chicos, a mí, ¡ay, me equivoqué! Parar. Arriba del escenario eso no puede suceder; o sea, si me equivoco da lo mismo, nadie sabe, se sigue de largo. Acá me doy la licencia, aunque ya ni tanto. Hay confianza. No podría estar pendiente todo el tiempo de si alguno de los cabros está metido o está fallando. Afortunadamente son músicos bacanes, no tengo que estar hipervigilante como inspectora... Aunque yo soy medio loca [risas]".

Una suelta y aprende, así crece. No es tan distinto para un disco. El tiempo pasa por él, se revisita desde otras perspectivas y con otras intenciones. "No era tan consciente de las dinámicas de las canciones, de cómo de repente estaban muy abajo y después subían, después de nuevo iban para atrás. No son planas en lo sonoro y es importante que se note. Eso fue parte de descubrirlo de nuevo, ver cómo montar el show en vivo de un disco que se pensó con la cabeza metida en el estudio. Ahora, con los ensayos, me doy cuenta del ojo que hay que tener con esas dinámicas, con los detalles chicos. Mis canciones no son difíciles, de notas brígidas o de técnicas y virtuosismos, pero tienen hartos detalles de ambiente que te pueden cagar la onda si no se hacen bien. Terminar antes, entrar después, tocar más con la uña o con el dedo. Ermitar, al montarlo para en vivo, ha ido revelando esas cositas muy pequeñitas pero muy importantes”, agrega.

 

Ermitar en grupo como sinónimo de seguridad

Dice que al cantar temas como “Salir a caminar” o “Llanto amargo” ya no carga tanta vergüenza. Está "súper curada de espanto porque soy muy así con mis sentimientos hace años", pero en la sala algo pasa. "Es un espacio reducido, todos te están mirando para saber si estás lista y partir. A veces me pregunto si estarán escuchando la letra o cada uno está en la suya, que es lo más probable. Quizás eso difumina la vergüenza".

O tal vez sea la confianza que se adquiere en la rutina de practicar. "Todo va cobrando sentido. Las canciones, cómo me siento, etcétera. Para mí, el ensayo tiene mucho de emocional. Me da seguridad, me hace sentir que las cosas van para alguna parte. Llevo muchos años haciendo música, pero no estoy en un pedestal de fama ni nada por el estilo, entonces obviamente vienen dudas y cuestionamientos. Ensayar, e ir escuchando cómo todo se arma, es súper enriquecedor y devuelve la ilusión que es difícil mantener. Ensayar me da ilusión y me vuelve a dar vida".

Ya sea por la nueva intimidad que ahora genera con las personas que eligió para armar equipo, en el noble acto de compartirles una y otra vez sus historias cantadas, el proceso es –de alguna forma– un espejo de cómo se siente, cuáles son los progresos y tropiezos, musicales y personales. "Ensayar es compartir y hacerse mejor. Yo lo he visto en mí misma con la guitarra; no es mi hiperfuerte, pero me he dado cuenta que ahora, ensayando tan periódicamente, mejoro y me siento mucho más confiada", reflexiona Montaldo.

 

 

Este ensayo tiene menos de frustración, más de soltar. Han habido otros donde "mando todo a la chucha", han habido otros "exquisitos, como todos los de este mes previo". Los artistas saben el vórtex que se abre cuando te agrupas a la práctica: tarde de cervezas, conversaciones con Excel abierto, escuchar discos ajenos hasta el hastío para encontrar ideas. De la infinidad de dinámicas, a Martina le gusta mirar los procesos creativos de otros.

Por eso al preguntarle por el ensayo de algún artista en el que le gustaría intrusear, dice que disfrutaría uno de un proyecto de muchos años. "Iba a decir Smashing Pumpkins, pero quizás Billy Corgan va a ser muy pesado y no quiero que se me caiga. También pienso en Air, pero ¿serán muy serios? Quizás algún artista pop como Miley Cyrus, para cachar todo lo que pasa, porque deben ser muchas partes involucradas. De Yo La Tengo, feliz. Debe ser muy chill, exquisito, como tomar once, yo feliz", comenta entre risas por lo similar que se siente la descripción con sus propios ensayos.

Ermitar, el disco, también tiene un poco de aquello. Situaciones personales tormentosas que suenan calmas. Introspecciones tranquilas que pueden sonar estridentes al salir. Porque lo de Martina no son solo canciones que tienen que ejecutarse bien. Son rincones que habita y abre para que nosotros también podamos recorrerlos a modo de refugio.

Las capas, los ambientes y altibajos sonoros nacieron en contemplación y dolor cubierto de brisa marina. Luego mutaron en un intercambio colectivo reducido, hasta ser amplificados en un concierto. Martina Montaldo no parece ensayar solo para tocar mejor, aunque es una gran motivación, sino para vivirse mejor. Sostener la vulnerabilidad frente a otros. Afinar la escucha. Soltar el control para que las canciones respiren distinto cada vez. Volver a encontrar sentidos.

En la era de producir, optimizar y sobrevivir entre algoritmos, Martina insiste en la tradición humana más poderosa: juntarse con otros. Hasta la conexión real. Con la música, con los colegas. Ahí aparece el calor, baja el escudo, se es frágil; y confiar en el otro, se devuelve como confianza propia. "Si está la chance de juntarte y tener personas afines que estén en la misma de perfeccionar el oficio, su quehacer, hazlo. Eso te va a entregar confianza y seguridad en el escenario, en tu desplante. Te va a sacar de mirar para el lado a ver qué está pasando y vas a tener seguridad, vas a tocar mejor. Vas a estar más consciente de todo. Vas a tener control sobre lo que quieres expresar, y eso es mucho decir cuando nadie nace sabiendo", concluye casi a modo de consejo.

De un proceso individual nace un álbum de ritmo no-santiaguino, que al reproducirse evoca todos los recuerdos que tenemos del mar. Escucharlo en vivo se siente, por fin, como verlo con ojos propios. Un viaje que logras solo cuando confías en el trayecto para regresar a él, tal como Martina vuelve a la música para encontrarse. Y los ensayos –largos, sensibles, imperfectos o agotadores–, terminan siendo la única forma posible de saber cómo hacerlo sin perderse. Porque entre cables, conversaciones, dinámicas diminutas y canciones repetidas hasta encontrar pulso exacto, Martina dio con un lugar emocional donde podemos detener el ruido de fondo para escuchar y apreciar el mar, aunque sea a través de una ventana que ya no nos pertenece más.

 

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