por Bárbara Carvacho
¿En qué punto un proyecto pasa del solo al colectivo?, ¿en qué parte del ensayo la sala deja de tener un solo director y pasa a tener varios? Nando García es uno de los cantautores más propositivos de la última camada. Con tres discos destaca por hacer de sus vivencias —ficcionadas o no —, una bitácora de compañía sobre romances entre hombres, historias para treintañeros que ven la gran ciudad con el recuerdo del Valle del Aconcagua, mientras indaga en la retromemoriapop de un país que cambia rápido como él.
Este 2026 lanzó su tercer disco, Lover Man. Un salto a la banda. Lo íntimo de Pirueta y Decir amor se llenó de riffs, percusiones, samples. Este 18 de diciembre lo presentará en vivo en Matucana 100, pero desde marzo está ensayando todos los lunes por la mañana con Alfonsina García (Alfilera), Lucas Achondo, Felipe Ibar, Rodrigo Muñoz y Tomás Cordero. Nando García ahora son seis.
"Siento que es responsabilidad mía llegar con una idea. Después de un tiempo bloqueado, me he puesto esta meta autoimpuesta de todos los ensayos tratar de llegar con una idea aunque sea un riff, una cosa vocal, y que la jameemos por dos, tres minutos. Es divertido estar inventando cosas en el ensayo. El ensayo también es para estar inventando cosas, no estar siempre con las mismas canciones. Es un espacio para que florezcan ideas nuevas, para que la banda se sienta fresca. Como son canciones mías, siento que es mi pega. Pero sería muy lindo que en un futuro los chiquillos también trajeran las suyas".

Ahora esa idea está en el aire, pero era distinto en 2021. Recién se volvía a la vida tras la pandemia y el mismo día que salió "Pirueta", Nando y Alfilera tocaron por primera vez en un departamento. Fecha compartida con Elmalamía y Camila Moreno. Un poco después llegó Felipe Ibar. Nando estaba obsesionado, en sus palabras, con ambos. "Ojalá, algún día, por favor, dios mío, tocar con estos dos hueones. Me acuerdo que en una fecha se me pasaron las copas y me atreví a invitar a Alfi a tocar. Pipe fue después. Como en el 2022, 2023".
Ahora que tienen una rutina, incluso ya se conocen las sutilezas de caracter. "Mientras más tocamos y practicamos, más conocemos las muletillas de cada uno. Entonces, sabes cómo acompañar. Desde mi perspectiva tengo que estar acompañándolos a todos, principalmente a Nando y Rodri, pero también me gusta saber qué está haciendo cada uno para ver cómo potenciarlos. Y eso es tiempo. Hay que fijarse, estar en el momento”, es lo que piensa Felipe como percusionista, quien también cuenta: "Hay una dinámica muy entretenida en la sala. Cuando terminamos de tocar un tema el Nando dice ‘bien’. O de repente dice ‘podría estar mejor’”, y Alfonsina completa la historia: "es como la forma de decir que está pasable [risas]. Cuando se queda callado es porque salió la raja".
—Igual nunca sale mal, hueón —les contesta Nando en el patio de Gong Estudio que los ha visto en el break del cigarro, el café y las galletas durante todo este año.

Puede sonar severo pero es bastante lo contrario. "A estas alturas, lo único que quiero hacer cuando hago una canción es traerla a la sala de ensayo. No me gusta la idea de guardarme las cosas, de estar solo en la pieza dándole vueltas. Ya lo hice mucho. La satisfacción que me da traer las cosas para acá es mayor en todos los ámbitos que hacerlo solo", confiesa el autor, y el baterista asume que es un desafío. Uno divertido. "Es como: ya, se me tiene que ocurrir algo en los primeros cinco minutos o esta hueá no va a funcionar [risas]. Es una presión rica, un buen estrés”.
"Es cierto que es una presión muy distinta la de tener que rendir en otro proyecto que en el propio", parte Nando. Tanto Felipe, parte de Déjenme Dormir y también baterista de Alfonsina en su proyecto Alfilera, quien a su vez toca y graba con más bandas de las que es conveniente por espacio escribir, lo entienden. "Hay una sensación como de liberación de ser instrumentista que es muy rica, pero al mismo tiempo hay que rendir. A mí me pasa que cuando estoy cantando puedo tocar cualquier hueá, ¿cachai? Se me olvidan las letras, canto mal, pero ellos siempre están bien. Siempre están haciéndolo bien", cierra Nando entendiendo el privilegio de llevar el nombre del proyecto, que entre chistes y seriedades se hace llamar –hoy– Nando García y los Lover Man. Mañana quién sabe.
“Nos miramos y sabemos”
Este ensayo es disciplinado y periódico. A veces, sin fechas, surge la creatividad. A veces, con más apuro, salen a flote las mañas. A veces es ensayo de lo nuevo, otras se mira para atrás. "Hoy repasamos. Vimos temas que no habíamos tocado hace un rato, que es muy divertido también porque la primera vuelta de esos temas siempre es muy enclenque. Estamos todos como medios torpes, como esta hueá era más o menos así... Pero a la segunda ya estamos sueltos. Hoy también fue de ideas nuevas, pero cortitas. Nos pasó algo en el Neutral. Presentamos una canción nueva que me gustó mucho cómo se dio, porque traje la idea y no estaba terminada. La tuve que resolver frente a los chiquillos, mientras ellos iban tocando encima. La armamos así, entre todos. Cada uno en sus partes. Eso fue muy impactante. Incluso con letra. Eso es ensayo. Por mí que todos fueran así", suma Nando.

Definitivamente, el trabajo más en solitario ha ido cediendo al grupo humano. "En este proceso ha habido canciones que cambiaron de la versión grabada al en vivo. 'Grito y plata', 'Narices', son nada que ver. 'Caudal' cambió caleta también. Es que las canciones se abren", comentan entre los tres mientras van recordando qué otras cosas pasan en la sala que les gustaría que sí pudieran verse en la tarima y cuáles no.
—Me pasa que mi instrumento tiene una dinámica muy extrema. Hay cosas que en la sala se escuchan y en vivo se pierden porque son muy abajo. Cuando tocamos, cuando todos estamos mucho más arriba, se pierden. Es natural. Ahí tengo que compensar y no puedo hacer planos tan sutiles —parte la cellista.
—Yo tengo una muletilla. Cada vez que me equivoco, grito. Tengo el miedo de que, de repente, inconscientemente en vivo, se me salga un grito —le sigue el baterista.
—Lo que echo de menos en el en vivo es la intimidad no hablada. Es una emoción muy distinta a tener a la gente al frente. Acá se siente que algo hace click y nos miramos y se termina la canción y hay silencio. No hablamos tanto en la sala, nos miramos y sabemos. Nadie más lo siente ni ve, a menos que nos pongamos en una caja de vidrio a ensayar como la PJ Harvey. En el escenario todo es al revés: todo está muy amplificado, el foco está para adelante, hacia el público. Mirar hacia adelante es muy raro también. Hay luces, no sé. Acá es estar en círculo entendiéndonos, siguiéndonos —agrega el cantante y productor.

Para Alfilera, también se trata del disfrute. "Si uno tiene muy incorporado lo que está tocando, ya no estás pensando tanto. Como que el cuerpo empieza a hablar y eso es muy bacán. Te permite cerrar los ojos y sentirte mejor en una condición de más presión, como lo puede ser una tocata. Si te desconectas, tu cuerpo va a saber qué hacer".
A Nando le encanta ensayar, pero también lo que sucede fuera de la sala, en los descansos. "Es lo que más me gusta. Salir a fumarse un pucho, todos cansados con cara de hora poto, y cagarnos de la risa por quince minutos. Luego volvemos con otra disposición. Después no importa si no sale tan bien, va a haber otro ensayo, pero reírse, conversar, compartir un lunes en la mañana (que igual me pesa el horario y hacerlos venir para acá), es lo mínimo. El momento grato".

Sus colegas lo agradecen. Llegan cansados y se van cargados con una energía distinta. La mezcla entre mantenerlo entretenido, ordenado, provechoso. Observarse en el jam y en el café. "Es bacán lo que decía el Pipe de irse siguiendo porque pasa que nadie es solo un instrumentista. Como que estamos siendo todos directores un poco, todos sabemos lo que hace el otro. Estamos todos aguja. La cara que compartimos con la Alfi cuando alguien se equivoca es la peor [risas]. Estamos todos pendientes porque nos confundimos si alguien se equivoca. Estamos siendo todos directores de esta gran situación y eso es muy bonito. Ahí desaparece el guitarrista, el tecladista, el baterista. Estamos todos remando para el mismo lado".
Que el ensayo puede ser gratificante en sí mismo, con o sin una jaba de chela. Que es de concentración y euforia gratificante. Saben que cada uno tiene sus intenciones con la música, pero el gran consejo es "profesionalizar el ensayo. Que sea como un trabajo y no como juntarse a huevear con los amigos, que obvio siempre puede ser, pero eso es una consecuencia. No hay que pasarse a llevar entre pares, hay que llegar a la hora, no desgastarse, porque las cosas chiquititas se van acumulando y generando fricción", concluyen como grupo, lo que es realmente Nando García: más que un varón, una banda.