The Father, The Son and The Holy Noise

The Father, The Son and The Holy Noise

por Juan Desordenado

La banda japonesa de noise rock psicodélico Les Rallizes Dénudés se ha erigido como uno de los mitos definitivos del rock and roll, y su historia –o lo poco que sabemos de ella– haría palidecer de aburrimiento al resto de biopics existentes.

Como un confuso sueño vivido hace mucho tiempo atrás, su neblinoso trayecto es un espejo fracturado del Japón underground de posguerra. ¿Cómo puede una banda que en vida jamás publicó discos de manera oficial haberse convertido a través del tiempo en un acontecimiento subversivo fundacional en la música noise? Son escasos los datos duros en torno a ellos, pero su leyenda creció década a década, producto de innumerables grabaciones piratas que circularon entre fans obsesivos y una extraña historia de un secuestro de avión por parte de uno de sus miembros.

Mientras tanto, la figura de su archi carismático líder, Takashi Mizutani, adquiría lentamente el espesor de un mito religioso: auto condenado al ostracismo, sus apariciones públicas se volvieron cada vez más escasas hasta desaparecer por completo tras 1997. Apenas existen entrevistas y su biografía parece escrita con más especulación que certeza. Sus seguidores, verdaderos hagiógrafos del ruido, fueron construyendo una torre interminable de relatos, con más mito que verdad. Pero una cosa es cierta: sumergirse en el pantano eléctrico que Mizutani despliega con cada alarido de su guitarra sigue siendo una experiencia cautivadora y transformativa.

Los orígenes de Les Rallizes Dénudés se remontan a 1967, cuando Mizutani ingresa a la prestigiosa Universidad de Doshisha de Kioto para estudiar sociología y literatura francesa.

Como era común en la juventud más radicalizada de posguerra, desconfiaba de la americanización que cubría al país bajo capas de Coca Cola y televisión. En vez de caer ante ese optimismo importado, su mente giró hacia el existencialismo francés, la literatura política y el free jazz, encontrando un refugio en el circuito de cafés de jazz kissa y folk kissa, donde escuchar discos era un acto sagrado. Es en esos lugares donde absorbe tanto el folk politizado japonés como el free jazz de John Coltrane y Ornette Coleman, músicos que años más tarde reconocería como pilares en su etapa formativa.

La primera encarnación de la banda nace ese año junto a Moriyasu Wakabayashi, Takashi Kato y Takeshi Nakamura. El nombre, deliberadamente absurdo, provenía del entorno del colectivo teatral underground Gendai Gekijo (Teatro Moderno), una agrupación de radicales franco-japoneses que ocupaban frases en falso francés y que negaban por lo general cualquier forma artística preexistente. Mizutani adoptó uno de aquellos términos extraños —algo parecido a un insulto sin sentido claro— para bautizar al grupo. Décadas después restaría importancia al asunto: “Nunca le dimos un significado especial. No había nada que interpretar. Pero de alguna forma terminó adquiriendo muchos significados”. Como prácticamente todo en su carrera.

A fines de 1968 graban su primer demo (que incluye “La Mai Rouge”, “Otherwise My Conviction” y “Les Bulles de Savon”) con resultados desastrosos debidos principalmente a la falta de experiencia de la banda y a un estudio defectuoso, lo que decepcionaría profundamente a Mizutani. Esto pareció anticipar una constante en su carrera musical: su recurrente fracaso con los registros “oficiales”.

Poco tiempo después dos álbumes se transformarían en sus faros sonoros: White Light/White Heat de The Velvet Underground y Vincebus Eruptum de Blue Cheer. Si bien ya admiraba a la Velvet con su primer álbum, el caos violento de su continuación fue suficiente como para virar por completo su rumbo. En sus propias palabras vía fax para la revista Music Magazine en una de sus escasas entrevistas: “La dirección de nuestra banda fue tomada en el momento en que mi guitarra acopló en el amplificador”. El feedback fue lo primero.

 

 

Con ayuda de la Gendai Gekijo, Les Rallizes comenzaron a dar shows multimedia que parecían una versión miserable y artesanal de la Exploding Plastic Inevitable de Andy Warhol: luces estroboscópicas, bolas de espejo, danza experimental y un volumen tan ensordecedor que los miembros del colectivo teatral terminaron usando tapones para soportar el sonido. Mizutani estaba encantado. Nadie en Japón había acusado antes a una banda de rock de tocar demasiado fuerte.

En flyers promocionales de fines de los sesenta, Mizutani definía a Les Rallizes Dénudés como “la banda de gitanos negros de la música radical” e invitaba a participar de una revolución musical: “Con aquella gente joven —tú incluido— que vive esta adolescencia agonizante y que ansía una verdadera música radical, deseo sinceramente que nazca un diálogo acompañado de penetrante dolor y que llene esta sala de conciertos”. Este periodo quedó parcialmente registrado en ’67–’69 STUDIO et LIVE, documento desprolijo y fascinante donde aparecen los primeros esbozos de himnos futuros como “The Last One” y una devastadora “Smokin’ Cigarette Blues”, diecinueve minutos de free rock atonal que ya parecía anunciar varias décadas de ruido extremo por venir. Un comentario de su futuro compañero de banda (y actual guardián del legado de la misma) Makoto Kubota sintetizaba a la perfección el shock sonoro que producían: “Entré allí y salí inmediatamente. No podía entrar porque el volumen era demasiado fuerte. Me dolía la piel. Tuve que salir, respirar profundamente y recién ahí pude volver a entrar”.

El verdadero golpe mortal para la primera formación vino en la madrugada del 31 de marzo de 1970. Moriyasu Wakabayashi, bajista fundador de la banda, participó en el secuestro del vuelo 351 de Japan Airlines, episodio conocido como el incidente del Yodo-go. Armados con espadas samurái y bombas caseras, los secuestradores, parte del Ejército Rojo Japonés, intentaron desviar el avión hacia Cuba para recibir entrenamiento revolucionario, pero como el avión no tenía la capacidad para viajar tan lejos, pidieron en cambio ser trasladados a Pyongyang, Corea del Norte. Los pilotos buscaron engañarles aterrizando en Corea del Sur, pero al escuchar jazz estadounidense se dieron cuenta, y negociaron la entrega de rehenes a cambio de asilo político en Corea del Norte.

Aunque jamás fue arrestado, las consecuencias para Mizutani fueron inmediatas: vigilancia policial, sospechas de parte de la CIA, paranoia generalizada y una progresiva auto reclusión. La banda se evaporaba para luego reaparecer reconvertida en un ente aún más extremo.

Los setenta y ochenta consolidaron a Les Rallizes Dénudés como una fuerza de la naturaleza dentro del circuito underground japonés. Tocaban poco, cambiaban constantemente de integrantes y daban shows cada vez más extremos. La receta de su sonido es una base rítmica cuyo credo es la repetición imperturbable, mientras Mizutani atacaba a su guitarra con vehemencia en canciones que podían estirarse sobre los veinte minutos.

’77 LIVE es uno de los documentos definitivos en la historia de la banda. Grabado de manera rudimentaria con un solo micrófono reel-to-reel, el disco suena destruido, saturado, casi ilegible. Más que escucharlo, uno parece sobrevivirlo.

“Enter the Mirror” abre con melancólica suavidad aterciopelada, le sigue “The Night, Assasin’s Night”, una de sus canciones más populares (si se nos permite esa palabra), con un bajo calcado al de “I Will Follow Him” de Little Peggy March. Estas son probablemente las versiones definitivas de esas canciones, demostrando que Mizutani es un prodigio de la composición pop y que debajo de esas telarañas de electricidad se encuentran grandes canciones que resisten el paso del tiempo y sobreviven en cada una de sus múltiples versiones.

A pesar de estar en la cima de sus poderes y de los advenimientos de la no wave, del post punk y del industrial, la banda parecía seguir fuera de lugar, existiendo en su propia órbita.


Disque 4 - ‘76 Studio et Live

 

En 1988 desaparecen hasta que tres años más tarde ocurre algo impensado: Les Rallizes Dénudés publicó finalmente tres discos oficiales en CD, ’67–’69 STUDIO et LIVE, MIZUTANI / Les Rallizes Dénudés y ’77 LIVE, los únicos registros editados durante la existencia del grupo. Mizutani incluso parecía preparar un misterioso cuarto álbum compuesto de grabaciones de estudio de mediados de los setenta, cuidadosamente secuenciadas en formato vinilo, pero el proyecto no logró concretarse sino hasta este año bajo el nombre Disque 4 - ‘76 Studio et Live, en una edición impecable a cargo del sello estadounidense Temporal Drift, quienes se han encargado en cada publicación de hacerle justicia al legado de la banda.

En 1993, tras años de silencio, el grupo regresó a los escenarios.

El concierto en el mítico Club Citta, en Kawasaki, se transformó instantáneamente en leyenda. Las guitarras rugían a niveles todavía más brutales que en décadas anteriores, las puertas vibraban físicamente y algunos asistentes abandonaron el recinto buscando refugio del cataclismo sónico. Registrado en una grabadora digital multicanal y recuperado hace un par de años como CITTA’ ’93, este show es la prueba de fuego de que Mizutani jamás domesticó su visión: cuarenta años después, el ruido seguía sonando como un arma.

La versión de 39 minutos de “The Last One” es apabullante, una patada en la cabeza al regreso tibio y normalizado de The Velvet Underground ocurrido durante esa misma época.

El 4 de octubre de 1996 Les Rallizes Dénudés brindaban su último show, también en el Club Citta, y un año más tarde Mizutani tuvo su última aparición pública acompañado del saxofonista Arthur Doyle y el baterista Sabu Toyozumi.

Décadas pasaron sin nuevas noticias de su existencia, intertanto en el que crecía su legado a través de la circulación de discos pirata y del libro de Julian Cope, Japrock sampler: cómo el rock le voló la cabeza al Japón de posguerra, editado en 2007, en el que los Rallizes eran uno de sus protagonistas en un relato lleno de baches informativos, hasta que en 2019 su antiguo socio Makoto Kubota contaba que había tenido una serie de conversaciones con Mizutani y que este planeaba revivir a Les Rallizes Dénudés para las nuevas generaciones —el rumor cuenta que incluso quería reclutar en sus filas al legendario Haruomi Hosono—, pero un par de años más tarde el mismo Kubota fue el encargado de confirmar su fallecimiento, truncándonos de la posibilidad de presenciar la continuación de una historia apasionante.

La muerte de Mizutani inmortalizó su enigmática leyenda. Su obra es atemporal y su estela en la psicodelia más ruidosa es inmensa. El excelente trabajo de recopilación y publicación de sus obras póstumas a través de Kubota y de Temporal Drift, ha permitido a sus fans excavar un poquito más en la profundidad de su mito. Sus canciones profundamente conmovedoras bañadas por una muralla de phase shifter, fuzz y acoples siguen resonando en el éter. El ruido sagrado no cesará.

En sus palabras: “La fama, el prestigio… ambos son igualmente inútiles. Hay éxito en el fracaso. Que el resultado sea victoria o derrota no es algo que me preocupe. Incluso si acabas derrotado, que así sea. Lo único que puedo hacer es seguir luchando para encontrarle algún sentido. Si existe una definición de victoria, creo que es esa.”

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